Viajar. Las dos almas del parque Kgalagadi al sur de África

Situado en la frontera entre Botswana y Sudáfrica, muestra dos formas de vivir esta aventura, siendo el primer destino la opción más salvaje y auténtica

Una parada en el desierto

Luna TORO CLAUSS

Botswana es uno de los países más salvajes y menos concurridos por los turistas del sur de África, un lugar donde la naturaleza es su mayor recurso. Su desierto infinito, dunas rojizas y horizontes abiertos muestran la esencia pura del Kalahari, un territorio que fue hogar de muchas comunidades nómadas y sigue siendo el refugio de mucha y variada fauna.

El Kgalagadi, el parque transfronterizo que comparte Sudáfrica y Botswana, fue creado en 2000, uniendo las reservas de estos dos países. Buscaban preservar estas tierras para la fauna. Aunque comparten fronteras, cada país ha desarrollado su propia forma de gestionarlo. Así pues, la parte sudafricana es más organizada y accesible, mientras que la botsuana es más salvaje y está expuesta a la intemperie.

El desierto de Botswana es especial. No hay carreteras asfaltadas, ni campamentos acomodados para suavizar la experiencia. Basta con cruzar la frontera para que el silencio cambie de textura y el viento hable de otra forma. Aquí, la intemperie es la norma.

Los campamentos del Kgalagadi (Piper Pan, Rooiputs y Polentswa) son apenas un claro en la arena, una estructura mínima para indicar que allí, por unas horas, puedes dormir. No hay electricidad, ni baños, ni agua corriente. El lujo es ver el horizonte sin interrupción y saber que por la noche nada te separa de los rugidos que atraviesan las dunas.

El primer atardecer en Botswana me sorprendió por el silencio, pero no era un silencio vacío; era esa clase de quietud que te recuerda que estás en territorio ajeno. Sentí, por un instante, que la naturaleza tenía todo el poder y que yo avanzaba con un permiso prestado, casi como un invitado que debe moverse con respeto.

Nuestro primer campamento: una cabaña de madera y un árbol que nos daba sombra

A la mañana siguiente, al abrir la puerta del coche, el asombro fue inevitable. A pocos metros, marcadas en la arena aún fría, aparecían las huellas frescas de un león. Un recordatorio perfecto de dónde estaba y de quiénes eran realmente los dueños del desierto.

La rutina del viaje era simple y exigente: cinco o seis horas en el coche, desde nuestro primer campamento, una estructura mínima de madera, hasta un árbol solitario que hacía las veces de camping. Pero cada tramo era un espectáculo. El paisaje cambiaba sin previo aviso: elefantes cruzando el río con la calma de quien no teme a nada, jirafas asomando el cuello entre los matorrales, antílopes que rompían el silencio con carreras repentinas, y aves que dejaban pinceladas de color en un cielo demasiado grande como para abarcarlo.

En el Kgalagadi botsuano cada kilómetro es un mundo, y cada parada, un encuentro inesperado. Allí entendí que la vida salvaje no es algo que se observa; es algo que te rodea, te mide, te acoge o te ignora. Y en esa mezcla de vulnerabilidad y asombro, el desierto se vuelve más vivo que nunca.

Cruzamos a Sudáfrica
El parque cambia de carácter cuando se cruza hacia Sudáfrica. Allí hay carreteras mejores, tiendas, duchas, electricidad. Pero ese contraste no le resta fuerza a Botswana, más bien la subraya, mostrando que su lado del Kgalagadi es más natural. Aquí, los animales no están acostumbrados a la presencia humana, y el visitante se siente más un intruso.

Durante la noche, la diferencia entre ambos lados del parque queda clara. En Sudáfrica, los campamentos del Kgalagadi cuentan con tiendas equipadas, restaurantes y duchas, lo que permite a los visitantes recorrer el parque con comodidad y seguridad. En Botswana, en cambio, los campamentos son mucho más básicos: no hay electricidad, ni duchas, ni restaurantes; la experiencia depende por completo de adaptarse al entorno.

El desierto de Botsuana revela su verdadera escala. Mientras el lado sudafricano ofrece comodidad y facilidades, el lado botsuano exige atención, adaptación y respeto. La experiencia es menos turística y más cercana a la vida real del desierto, ofreciendo un contacto directo con un ecosistema que sigue funcionando sin la intervención humana.

Marcar como favorito enlace permanente.

Comentarios cerrados.