El rugby como escuela de valores: ocho temporadas de superación, compañerismo y respeto

La Escuela de Rugby Gradual e Inclusivo del Club Veteranos Sevilla es un espacio deportivo y social para niños y niñas con y sin necesidades especiales


Julia MÉNDEZ / Olivia CHICO / Irene PÉREZ / Mariola X. JIMÉNEZ

Un balón de rugby pasa de unas manos a otras mientras las risas contagiosas llenan el campo de Vega de Triana en Sevilla. En este recinto, los martes y los jueves por la tarde, entrenan niños y niñas con perfiles muy distintos, pues algunos tienen autismo, síndrome de Down o dificultades de aprendizaje. Pero cuando comienza el entrenamiento, todos comparten los mismos objetivos: jugar, aprender y formar parte de un equipo.

Así es como funciona la Escuela de Rugby Gradual e Inclusivo del Club Veteranos Sevilla, que ya ha cumplido ocho temporadas. Durante este tiempo, cerca de un centenar de niños y niñas han participado en las actividades de esta escuela, que se configura como un espacio donde practicar deporte, relacionarse y ganar confianza mientras aprenden valores, como la cooperación y el respeto.

Uno de sus fundadores, Javier Blázquez, hace un balance positivo del recorrido de la escuela. Explica que el objetivo siempre ha sido acompañar a los menores en su desarrollo, ayudarlos a socializar y a sentirse mejor en su día a día, superando barreras que en el caso de los niños y las niñas con alguna discapacidad son más complejas. Añade que, además, en este proceso se trabaja el respeto y la convivencia como herramientas para prevenir situaciones de acoso.

Aunque visto desde fuera, el rugby puede parecer un deporte duro, desde dentro la lógica es distinta. Es un deporte de contacto, pero sostenido y bien regulado por normas que ponen el foco en el respeto y el control. Como señala Blázquez, “no es más violento que otras disciplinas deportivas; lo que cambia es la mirada con la que se observa”.

Más allá de la práctica deportiva, el rugby funciona como una escuela de valores: compañerismo, compromiso, superación o respeto al otro. En este contexto, la escuela no se plantea la inclusión social de los menores con dificultades como un objetivo añadido al juego, sino como algo natural. En este sentido, en los entrenamientos conviven niños y niñas con autismo, síndrome de Down o dificultades comunicativas con otros sin una discapacidad, compartiendo dinámicas, aprendiendo y divirtiéndose juntos, como amigos y compañeros que son.

«Con la práctica del rugby, los menores
mejoran en coordinación y psicomotricidad,
pero la parte más visible es la emocional»

Una de las claves de este proyecto, deportivo, educativo y socializador, es que cada jugador tiene su lugar. Blázquez insiste en que todos aportan algo al equipo, independientemente de sus capacidades. Esta idea, repetida entrenamiento tras entrenamiento, termina calando. Las diferencias dejan de ser lo importante y empiezan a pesar más los gestos: un pase, una ayuda o una mirada de complicidad.

El propio entrenador destaca la implicación de los niños que no tienen una discapacidad a la hora de apoyar a sus compañeros de una manera espontánea. De modo que, sin darse cuente, esta convivencia va construyendo una forma distinta de entender al otro, más cercana y más respetuosa.

Los cambios que se operan en los participantes se van apreciando con el tiempo. Mejoran en coordinación, psicomotricidad y habilidades deportivas, pero la parte más visible suele ser la emocional, pues ganan seguridad, pierden el miedo a participar y empiezan a sentirse parte del grupo. Como resume Blázquez, llegan a verse como personas “válidas, útiles, importantes, y todo ello influye directamente en su motivación”.

Equipo de la Escuela de Rugby Gradual e Inclusivo del Club Veteranos Sevilla

Las familias también perciben con claridad esta evolución física y emotiva. Así lo afirma la madre de Luis, uno de los niños que participa desde hace unos meses en la Escuela de Rugby Gradual e Inclusivo del Club Veteranos Sevilla. Relata como su hijo espera cada entrenamiento con ilusión porque ha encontrado allí un espacio propio.

Otra madre destaca el impacto positivo del proyecto: “Le viene muy bien porque aquí siente que pertenece a un grupo”. Esto es así porque para estos menores el campo de rugby es algo más que un lugar donde hacer deporte; es un entorno donde pueden ser ellos mismos, sin comparaciones, y donde cada pequeño avance cuenta y se celebra. De hecho, el verdadero éxito en cualquier partido o entrenamiento son los pequeños gestos: una mano que ayuda a levantarse, un pase compartido o un aplauso cuando se consigue lo que antes parecía imposible.

Participan en una Liga Inclusiva
Aunque el enfoque no es competitivo, la escuela asiste a encuentros deportivos. En años anteriores han participado en los Juegos Deportivos Municipales, y algunos jugadores de mayor edad forman parte de una Liga de Rugby Inclusivo impulsada por la Federación Andaluza. En mayo acudirán a una concentración en Rincón de la Victoria y, como cada temporada, cerrarán el curso con un torneo de rugby playa junto a otros clubes.           

El proyecto se sostiene gracias al trabajo voluntario de los monitores, las cuotas de socios y el apoyo institucional. El club cuenta con una subvención del Instituto Municipal de Deportes y, recientemente, ha recibido una ayuda de la Consejería de Cultura y Deporte. De esta manera, pueden lograr su objetivo de que la actividad sea accesible y gratuita para todos los miembros de la escuela.

En el rugby existe una regla no escrita que todos los jugadores conocen: cuando un compañero cae, el equipo lo ayuda a levantarse. En el campo de Vega de Triana esta premisa es más que una norma deportiva. Allí, los martes y los jueves por la tarde, niños y niñas practican deporte sin que nadie se quede fuera de juego, pues el equipo siempre está dispuesto a esperar y ayudar para avanzar juntos. Y esta es la victoria más importante de todas.

Marcar como favorito enlace permanente.

Comentarios cerrados.