En Cuaresma, los ricos atuendos de seda bordada se cambian por indumentarias más sencillas que representan la estética de Judea en el siglo I

José FERNÁNDEZ
Con la llegada de la Cuaresma a Sevilla, la ciudad altera su ritmo habitual para adentrarse en un periodo marcado por la reflexión y la sobriedad. Desde que el Miércoles de Ceniza inaugurara este calendario de cuarenta días, las rutinas cotidianas se han ido adaptando paulatinamente a la austeridad propia de la época.
Se trata de un tiempo en el que la tradición invita al recogimiento, una premisa que trasciende lo estrictamente litúrgico y se hace visible en costumbres tan populares como la abstinencia de comer carne los viernes, configurando históricamente la dieta local durante estas semanas. Sin embargo, este cambio de ciclo no solo se percibe en el día a día de las calles. En el interior de las iglesias, esa misma vocación de sencillez se traslada a los altares, donde las hermandades asumen la cuenta atrás hacia la Semana Santa despojando a sus imágenes marianas de cualquier signo de riqueza u ostentación.
La manifestación más evidente de esta sobriedad es el cambio que se opera en el atuendo de las Vírgenes, que son vestidas de ‘hebrea’. Durante estas semanas, las dolorosas guardan sus joyas y las prendas de seda con ricos bordados en oro y plata para lucir tejidos lisos y más sencillos, como el terciopelo, el raso o la lana. El conjunto se compone, básicamente, de un manto sin bordar, que suele ser azul o verde oscuro, sobre una saya granate.
Por su parte, el rostro de la imagen se enmarca con un tocado compuesto por telas de color blanco o crudo, prescindiendo de los valiosos encajes. Para lograr esta estética inspirada en la Judea del siglo I, el toque final lo aportan dos elementos clave: un fajín de rayas de colores ceñido a la cintura y un sencillo aro de doce estrellas, que sustituye a la tradicional y ostentosa corona de salida procesional.

Esta transformación visual es el resultado de un minucioso trabajo, que se realiza siempre a puerta cerrada en las iglesias. La tarea recae en dos figuras fundamentales de las hermandades. Primero intervienen las camareras, mujeres designadas por la corporación para custodiar el ajuar y vestir a la talla con sus prendas interiores, garantizando el máximo cuidado e intimidad de la imagen.
A continuación, entra en escena el vestidor. Este es el encargado de dar forma a las telas exteriores. Utilizando únicamente la destreza manual, ajusta el manto, el fajín y, sobre todo, el tocado. De su habilidad técnica depende la caída de los pliegues alrededor del rostro, un detalle fundamental que define la expresión de cercanía que la Virgen transmitirá a los fieles durante los cultos de la Cuaresma.
Desde la década de 1920
Fue en la década de 1920 cuando el diseñador Juan Manuel Rodríguez Ojeda ideó esta estética. Su objetivo era doble: acercar la figura de María a la indumentaria de las mujeres de la Judea del siglo I y reflejar, visualmente, la humildad que exige la Cuaresma. Históricamente, se señala a la Virgen de la Hiniesta, la Macarena y la Virgen de las Aguas de la Hermandad del Museo, como las primeras en lucir este atuendo, que revolucionó la estética cofrade sevillana y que hoy es una norma ineludible en toda la ciudad.

Sin embargo, esta imagen de austeridad tiene los días contados. Conforme la Cuaresma se agota y los pasos de palio comienzan a montarse en las naves de los templos, se produce el último y más esperado rito: el tránsito de hebrea a dolorosa. De manera que, a las puertas de la Semana Santa, la Virgen abandona la sencillez para vestirse ‘de salida’.
Es el momento en el que la talla recupera todo su patrimonio material. Las sayas y los mantos lisos dan paso a las ricas piezas bordadas con hilo de oro, los finos encajes vuelven a enmarcar el rostro de estas Vírgenes y el aro de estrellas se sustituye por la imponente corona real. Este cambio no solo le devuelve su condición de reina, sino que anuncia a los sevillanos que la ciudad ya está lista para vivir los días grandes de la Pasión.
