La periodista especializada en tribunales confiesa que para abordar estas noticias hay que tener sangre fría, pero sin perder la sensibilidad

Luna TORO CLAUSS
La periodista Rosa Font ha dedicado gran parte de su carrera a cubrir sucesos y casos judiciales en diversos medios, tales como El Mundo, ABC y el Grupo Joly, donde ha combinado la investigación rigurosa con el contacto directo con las fuentes y la cobertura mediática en los tribunales. Aunque actualmente trabaja en el ámbito de la comunicación institucional, recuerda sus primeros juicios en los años 90 y comparte en esta entrevista cómo se forma un periodista en este campo de la información, cómo se generan los contactos y cómo afrontar emocionalmente las historias más duras.
¿Por qué se especializó en periodismo de sucesos?
Quizás suene raro, pero el periodismo de sucesos tiene una carga humana y social muy importante. La vida en sí misma es un continuo de hechos. Al final, contamos historias, muchas veces duras, pero historias. Es un periodismo muy pegado a la calle, con contacto directo con la gente, y con un componente de investigación que va mucho más allá de las ruedas de prensa. Para mí, es fundamental ese “hacer calle’’, es decir, aprender a moverte, crear contactos y construir una agenda. Además, no son solo sucesos, sino sucesos ligados a tribunales. Te diría que es periodismo judicial y de sucesos, pues van de la mano.
¿Cómo se llega a esta especialización?
Es un tema de echarle ganas y mucho tiempo. Fui a mi primer juicio de la mano de Pilar Caballero, entonces directora de Radio Nacional de Huelva. En aquella época no iba la gente a los juicios, al menos, aquí en Huelva no se iba. Era un periodismo que se limitaba a cuando sucedía un hecho muy gordo, como fue el caso de Ana María Jerez Cano, de violencia sobre la mujer. Empecé a finales de los 90, y en ese entonces no había tantos gabinetes de comunicación, de modo que tenías que trabajártelo todo tú: presentarte, insistir, estar presente, dejarte ver por los pasillos… Recuerdo que en el juzgado no era común ver rondando a los periodistas, entrabas y veías a los jueces y te presentabas. Y no es que me echaran, pero me decían que no me daban información. Con el tiempo, la situación se ha normalizado. Al final, este tipo de periodismo se construye yendo al sitio, acudiendo a la fuente directa y hablando con la gente.
¿Hay que ser de una pasta especial para cubrir estas informaciones?
Creo que sí porque tienes que tener sangre fría y, aunque suene paradójico y contradictorio, también hay que tener mucha sensibilidad. En determinadas situaciones tienes que mantener la distancia profesional, pero sin perder nunca el respeto por las víctimas. A veces, es inevitable que la emoción te supere, y tampoco pasa nada. Depende mucho del momento y del contexto en el que te muevas.
«Lloré entrevistando a Ruth Ortiz por
el caso Bretón. No pasa nada. A veces,
hay que dejar salir a las emociones»
¿Podría contarnos un caso que fuera para usted especialmente impactante?
Uno de los casos que más me ha marcado fue el hallazgo de restos humanos en la caldera de una residencia de ancianos de la Junta de Andalucía. Tras el anuncio oficial, una mujer me llamó diciendo que creía que esos restos podrían ser de su hijo, desaparecido desde hacía casi 18 años. Hablé con ella y, al minuto, supe que tenía razón. Era una madre que llevaba casi dos décadas viviendo con la incertidumbre diaria, asomándose cada día a la ventana sin saber nada de su hijo. A partir de ahí se inició la investigación, se realizaron las pruebas de ADN y, finalmente, se confirmó que los restos eran de él. Fue un caso durísimo, pero también muy humano. Incluso el entonces decano de los abogados de Huelva decidió ayudar a la familia de manera anónima. Fue uno de esos casos que te recuerdan por qué este periodismo es necesario.
Sobre el caso de la fotógrafa onubense Alicia Rodríguez, atropellada mortalmente por su pareja en 2021, ¿qué fue lo más complejo del proceso?
Yo no cubrí el juicio como tal, sino la fase de investigación e instrucción del caso. Lo más complejo y lo que más me impactó fue la postura inicial de la Fiscalía. Tuve acceso exclusivo al informe del equipo de reconstrucción de accidentes de tráfico de la Guardia Civil, un documento muy exhaustivo que descartaba claramente el atropello accidental. A pesar de ese informe, la Fiscalía mantuvo durante buena parte del proceso la tesis de la accidentalidad y solo cambió su postura al final del juicio. Conociendo la solidez de ese informe técnico, fue muy duro de asumir. Afortunadamente, al tratarse de un jurado popular, el veredicto final fue de culpabilidad.
¿Fue más difícil para usted teniendo en cuenta que la víctima también era una mujer y periodista?
Lamentablemente, no era el primer caso de una mujer víctima de un crimen machista que cubría. Sí fue más duro porque la conocía, aunque no teníamos una relación cercana, y eso añade un componente emocional, pero el dolor es el mismo que en otros casos.
¿Cómo gestiona la carga emocional que conlleva cubrir sucesos y los juicios derivados de los mismos?
A las emociones hay que dejarlas salir, del modo que sea. Antes te he hablado de que hay que tener sangre fría, sobre todo en ciertos escenarios, pero somos humanos y es inevitable que, ante una historia humana muy dura, te vengas abajo. Recuerdo una entrevista a Ruth Ortiz, años después del caso Bretón. Al empezar la entrevista me emocioné, sentí el peso de hacer revivir a una madre el asesinato de sus hijos y lloré. No pasa nada. La clave está en saber cuándo mantener la distancia profesional y cuándo puedes permitirte sentir y dejar salir a las emociones.
¿Contempla la opción de dedicarse a otro tipo de periodismo?
Ahora trabajo en comunicación institucional en la Diputación, pero si volviera a la primera línea del periodismo, haría periodismo político, que me gusta mucho, y también volvería al periodismo judicial y de sucesos. Por las historias humanas, por la investigación y por el contacto con las fuentes. Es un periodismo muy completo, muy de oficio, y sigue siendo al que más sentido le encuentro.
