Clubes de base y otras disciplinas minoritarias, como la acrobacia, fomentan hábitos saludables, generan vínculos y protegen contra la exclusión social

Jorge DE ALBA
Mientras algunos deportes llenan estadios, generan millones en patrocinios y ocupan portadas todos los días, otros sobreviven lejos de los focos mediáticos. En pistas modestas, gimnasios sin grandes instalaciones y espacios donde se prioriza el compromiso por encima del beneficio económico, el deporte sigue cumpliendo la función de educar, integrar y ofrecer oportunidades a quienes encuentran en él algo más que una actividad física.
En esos espacios discretos, donde el éxito no se mide en trofeos sino en historias personales, se desarrolla una realidad poco visible, pero profundamente significativa. Una realidad mantenida por el esfuerzo colectivo, la vocación social y la pasión de quienes creen que el deporte puede cambiar vidas.
Un refugio social
En muchos barrios y municipios, el deporte de base actúa como un auténtico punto de apoyo para niños y jóvenes. Con el término deporte base o de iniciación nos referimos a la práctica física que está centrada en la formación integral, la educación en valores y la diversión, por encima del rendimiento competitivo. Su principal finalidad es fomentar hábitos saludables y mejorar el potencial atlético, al mismo tiempo que se construyen rutinas, se generan vínculos y se ofrece a los participantes un entorno estable, que resulta especialmente favorecedor en contextos difíciles.
Ahondando en un caso concreto, este papel social del deporte base se manifiesta en el trabajo que desarrolla el Club Sancti Petri-La Barrosa. Aunque su actividad principal es el fútbol sala, su impacto va mucho más allá del terreno de juego. Se trata de un proyecto que ha crecido con la filosofía de que el deporte funciona como una herramienta educativa y de integración.
Su director, Eduardo G. Rodríguez, resume claramente esta idea: “Nuestro trabajo va mucho más allá de ganar partidos”. En sus palabras no hay referencias a clasificaciones ni a resultados deportivos como objetivo principal, aunque sí aparecen conceptos como estabilidad, acompañamiento y valores.
Según explica, son muchos los niños que llegan al club desde contextos familiares complicados o con dificultades personales. Para ellos, el entrenamiento no es solo una actividad extraescolar, sino un espacio donde encontrar orden y pertenencia. Pues tal y como señala, estos menores encuentran en el club “una rutina, un entorno sano y valores, como el respeto, el esfuerzo o el trabajo en equipo”.
La importancia de estos espacios está en su capacidad para influir en el desarrollo personal de los menores. En este sentido, para Rodríguez, el club actúa, en muchos casos, como una extensión educativa, “un lugar donde sentirse parte de algo”. Y esta sensación de pertenencia es clave en etapas tempranas de la vida, especialmente en contextos donde no siempre existe un entorno estructurado.
Justamente en estas circunstancias es donde el deporte funciona como una herramienta preventiva frente a situaciones de riesgo social. Así pues, mantener una rutina, adquirir responsabilidades y formar parte de un grupo contribuye a generar estabilidad emocional y social. A este respecto, Rodríguez expone que “hay chavales con problemas personales o familiares que aquí encuentran una forma de canalizar su energía y de sentirse acompañados”. Se trata de un impacto que rara vez se refleja en estadísticas o resultados deportivos, aunque constituye uno de los pilares fundamentales del deporte de base.
Mantener este tipo de proyectos educativos no es fácil, siendo la falta de recursos económicos uno de los principales desafíos a los que se enfrentan los clubes de base. En el caso del Sancti Petri-La Barrosa, su funcionamiento depende, en gran medida, del compromiso de las personas que lo integran. De manera que son los entrenadores, la directiva y las familias quienes sostienen el proyecto a través del trabajo voluntario y las cuotas de los jugadores. Respecto a estas cuotas, Rodríguez indica que procuran que “sean lo más bajas posible para que ningún niño se quede fuera por motivos económicos, pero eso también limita mucho los recursos”.
Los gastos son constantes y, en muchos casos, difíciles de asumir; a pesar de trabajar en un espacio modesto, sin inversión extra, sin página web y con una publicidad basada en el boca a boca. Pero el material deportivo, el mantenimiento de las instalaciones, los desplazamientos para competir o las inscripciones en ligas requieren una inversión que no siempre se cubre con los ingresos.
Esta situación convierte cada temporada en un reto económico. Es por ello que las ayudas públicas son especialmente necesarias. Sin embargo, desde el club consideran que el apoyo institucional es insuficiente. “Las subvenciones que existen son escasas y muchas veces no llegan a cubrir ni los gastos básicos”, señala Rodríguez. Aunque reconoce que en algunos casos existe voluntad de ayudar, insiste en que el deporte base no suele situarse entre las prioridades, y esta falta de respaldo genera una sensación de incertidumbre permanente.
El director del Club Sancti Petri-La Barrosa señala que “la gente ve el deporte como algo positivo, pero no siempre se entiende el esfuerzo que hay detrás para mantener el proyecto”. Y añade que “si no existiera el compromiso personal, muchos proyectos desaparecerían”.
El caso de la acróbata Fura Pérez
La falta de visibilidad y de recursos económicos no afecta únicamente a los clubes colectivos sino que también condiciona la trayectoria de quienes practican disciplinas minoritarias de forma individual. Es el caso de la acróbata Fura Pérez, quien comenzó a entrenar desde muy pequeña una actividad deportiva que combina técnica, fuerza y flexibilidad.
Con el paso de los años, la acrobacia se ha convertido en una parte fundamental de su vida. Su recorrido ha estado marcado por la exigencia constante, el trabajo técnico, los ensayos, la prevención de lesiones y la dedicación intensa, pues “es un deporte que requiere de muchas horas de entrenamiento y mucha disciplina”, explica Fura. Pues aunque “desde fuera pueda parecer sencillo o incluso un hobby, en realidad precisa mucho sacrificio”, apostilla la acróbata.
Se trata de una disciplina poco mediática, que no cuenta con una estructura sólida de apoyo, y esto no favorece las oportunidades de desarrollo de quienes la practican. Para Fura, uno de los mayores retos es compatibilizar el deporte con los estudios y la vida personal. Las largas jornadas la obligan a reorganizar su tiempo y, en muchos casos, a renunciar a actividades habituales para otros jóvenes, debido a que “estás entrenando o recuperándote”.
Este nivel de compromiso no siempre se ve recompensado con un reconocimiento o un apoyo externo, lo que añade un componente de desgaste emocional. Además, la escasa presencia de la acrobacia en los medios de comunicación es otro obstáculo. Sin visibilidad, de cara a posibles patrocinadores, la financiación es menor. Esta circunstancia genera un círculo difícil de romper, ya que sin visibilidad no hay recursos ni ayudas económicas, y sin recursos es complicado alcanzar resultados que te posicionen.
Sin financiación externa, el mantenimiento de esta actividad: materiales, entrenamientos, desplazamientos o inscripciones en competiciones deben ser amortizados con capital propio. Esta situación provoca que muchos talentos se queden por el camino. No por falta de capacidad, sino ante la imposibilidad de asumir estos costes a largo plazo. Ante tal tesitura, Fura admite que “hay momentos en los que te planteas si merece la pena seguir”.
La pasión es el motor
Aunque se trata de dos realidades diferentes, tanto los clubes de base como las disciplinas minoritarias que se practican a nivel individual comparten las mismas problemáticas relativas a los recursos económicos y el escaso reconocimiento social. Y en ambos casos, su motor es la pasión, sin la que sería imposible mantener el nivel de esfuerzo que requieren estas actividades. “Si lo haces es porque te apasiona”, afirma Pérez. Desde el club Sancti Petri-La Barrosa, el mensaje es similar, pues más allá de las dificultades, defienden el valor del deporte como herramienta de transformación porque “educa, integra y ofrece oportunidades que muchos niños no encuentran en otros espacios”.
En un contexto dominado por el espectáculo y la rentabilidad, estas historias de superación, compromiso y reisilencia recuerdan que existen actividades deportivas con una dimensión menos visible y más silenciosa, pero igualmente importante. Lejos de los grandes contratos y de las audiencias masivas, hay espacios donde el deporte sigue cumpliendo una función social intensa, donde cada entrenamiento representa un esfuerzo colectivo y cada avance personal tiene un significado que va más allá del resultado. Es una esencia que no se mide en cifras ni en audiencias, sino en su capacidad para educar, integrar y abrir caminos.
